Los Poetas...

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Yván Silén - Tu-Shum y el árbol

31 de octubre de 2011

La luz era negra.

Un niño ciego se levantó antes de la aurora y se marchó a donde se hallan los robles. Aunque el rocío caía lento, el niño se sentó y conversó con el árbol. Hablaron de las hojas y del viento, pero no hablaron de los pájaros. El árbol no dijo nada; el árbol guardó silencio. El niño ciego tomó un poco de silencio como si fuera un nido y se lo guardó en el bolsillo.
–Esta noche soñaré contigo– le dijo al árbol.

El árbol habló de las hojas.

Al otro día el niño se sentó delante de su casa, pero el árbol no había venido, no había llegado. Molesto, se puso de pie y caminó hacia el bosque. Allí estaba el árbol solitario en medio del bosque. El niño lo tocó, lo oyó y supo que hacía hojas.

–¿Qué escribes?
–Escribo pájaros--dijo.

El árbol y el niño rieron y decidieron jugar hasta que saliera la luna. Decidieron ser el otro que lo miraba y lo abrazaba. El niño se quedó serio como si soñara los colores de las tardes amarillas e interrogó al árbol. “¡Nada!”--dijo el árbol. “Todo será falso. Tú serás yo y yo seré tú. Todo será igual. Todo será lo mismo.”

–Pero no veo nada--contestó el niño.
–Ni yo tampoco.

Cuando la luna titubeó entre los pinos el niño se quitó las sandalias y entró al árbol. El roble, volátil, inmenso, lamoso, casi oscuro, caminó hacia la casucha del bosque. Como si supiera el camino siguió el tao de las hojas. El sonido era grato. Durmió con las inquietudes de los niños, con los sueños terroríficos y lujuriosos, pero soñó impaciente. Soñó que su casa era blanca como las hojas aljófares de los árboles álficos. Soñó que se llamaba Tu-Shum. Y antes que los ruiseñores cantaran a la luz de las linternas tomó su té verde que la madre le había preparado y se detuvo en el umbral de la puerta que daba hacia la tenuidad de los sueños.

Despertó.

–¿Qué te pasa, Tu-Shum?
–Pienso en los sueños.
–¿Piensas en la muerte?
–Pienso en la nada.
–¿Quiéres comer?
–Ya estoy despierto.

Caminó en la brevedad de las rúas. Cuando llegó al árbol el niño ciego salió del árbol y entró a su cuerpo; aquél hizo lo mismo. El árbol se alegró de oír su corazón de sabia y sacudió sus ramas. Hablaron toda la mañana, compartieron los sueños, porque el sol del otoño era tibio. Al mediodía el árbol se quedó extraño, huraño, grave y pensando. El niño se subió al columpio y comenzó a cantar la canción de los hombres que parten. El árbol lo llamó quedo:

–Tu-Shum--le dijo el árbol con la voz de la madre. El niño lo contempló, detuvo el columpio y se bajó de él.
–Dime.
–Te tengo un secreto.

El niño sonrió como si se hubiera bajado de la cama. Buscó sus sandalias, se miró al espejo y contempló su té verde en la pequeña cocina de la madre. Se inclinó sobre él y lo bebió delicadamente.

–¿Cuál es el secreto?
–Que todo es nada--le dijo el árbol.
–¿Como el sueño repetido de las noches?
–Todo es como tú y como yo.
–¿Cómo el bosque?
–Y como la casa.

Callaron un momento muy breve como si estuvieran bebiendo agua a la orilla de los ríos del samsara. El niño caminó hacia los estanques en donde había sombra del árbol y se miró en lo profundo del sonido. Éste era breve. Miraba y miraba y sólo oía el olor de sus manos. Entristecido, decidió caminar el mundo. Decidió regresar a la casa y no dijo una sola palabra. Esa noche soñó desoladamente. Esa noche soñó la nada. El árbol, que también había soñado, lo vio cavando entre los muertos. Cuando Tu-Shum abrió los ojos lo oyó detenido en la ventana. Lo miró profundamente hasta no ver nada y hablaron, discutieron y soñaron hasta que se les acabaron las palabras. Sintieron la pobreza y sintieron la riqueza. Antes que las palomas se despertaran, caminaron hacia la luz deshecha de la aurora en donde nacían los jardines. A veces los portones, las verjas y los espejos eran lilas, otros eran amarillos; algunos instantes eran azules, extraños o rosados.

–¿Qué haces?
–¡Nada!
–Siempre estás haciendo nada.
–No sé lo que es hacer nada.
–¿Eres tonto?
–No sé lo que es ser tonto.
–Contigo no se puede hablar.
–Creo que eso es la nada.

La madre lo miró y contempló el estado rosado de sus ojos como si se le hubieran roto los capilares, como si el ocaso la mirara desde el niño. Tu-Shum se reclinó hacia atrás y volvió a mecerse en el columpio. Estaba solo. Anochecía o amanecía. Las cadenas del columpio chirriaban. Por encima de los árboles la neblina se acumulaba. La madre, regresando, sin decir palabra, se restregaba las manos en el delantar de las mariposas muertas. Su hijo sonreía como si fuera otro. Sería como si no lo conociera. Sintió miedo. Los ojos de Tu-Shum se tornaron verdosos. Las mariposas volaban.

***


La madre se levantó temprano y lo buscó por la miseria y lo precario de la casa. La chimenea echaba humo. No había nadie. La luna era temible. La madre preparó el té verde y aguardó por Tu-Shum toda la mañana y toda la tarde hasta las primeras brumas del ocaso. Comprendió que era inútil. La soledad y el silencio eran compacto.

En el sendero el árbol y el niño ciego conversaban. El niño se subió a las ramas y amarró la soga. Cantaba con esa voz extraña que poseían los eunucos. Entonces se inquietó. Antes de soñar miró hacia lo profundo de sí.

–¿Tú crees que alcanzaremos a la nada?
–No debe andar muy lejos de aquí.
–¿Crees que alcanzaremos a los sueños?
–Mejor debes bajarte de la soga.

A lo lejos, entre el árbol y la casucha, la madre contemplaba la silueta. El viento era tibio. La soledad era precaria. Y Tu-Shum miraba torcidamente. Tu-Shum cantaba roto. La madre lo bajó de la soga. Llovía lento, tosco, oblicuamente. La aurora era negra.

La madre se levantó infinita.

Yván Silén - No te he visto...

30 de octubre de 2011

No te he visto, ni te he oído, ni te he olido.
Sólo te ando con mi sombra rota. Sólo
te gusto con mi olfato como si tu
sombra prosiguiera derramada y
tu sangre, como una rosa de pie, iluminara
el espejo donde escribo anterior al sueño,
posterior, derramado yo, alquilado
para tu Espíritu Santo que ríe y juega,
y se alborota. No te he visto, ni te he besado
en la boca, ni me he salido de mí, ni he
levitado en mi bastón como si fuera tu payaso.
Hoy extiendo mi sombrero a ver si pasas.
Hoy enrolo mi tabaco en una esquina. Hoy no
te he visto, ni te he olido, ni te he besado en la boca.

Yván Silén

Estimado amigo:
No, no he publicado nada en España, porque siempre me dan la excusa de que nadie me conoce y como no me conocen no puedo vender. Sencillo, ¿no? Pero yo creo que el problema es más profundo: la poesía es la no mercancía por excelencia. El problema es que no quepo en las categorías establecidas para la poesía o para la filosofía española o latinoamericana. ¿Quién cambiará entonces? ¿Cambiaré yo o cambiarán ellos? Por otro lado, tienes razón: nosotros somos responsable de todo lo que acontece en el mundo. No hay inocentes (solo los niños). Fuera de ellos nadie. Todos somos cómplices de esa muerte postmoderna y democrática que se trafica neoliberalmente (o neocapitalistamente). Por eso la poesía, sin abandonar su belleza y su asombro debe dar duro moralmente, pero sobre todo debe ser extraña. La poesía debes ser como un seno, o una vulva, o un caracol, o una mariposa negra. La poesía debe ser luminosa como un sueño. Como le digo a mis estudiantes: la poesía tiene que ser más impresionante, más deseosa y más fundamenta y urgente que un tabaco de marihuna, o que un revolver 38. Esto tiene que ser así, porque la poesía desborda a la locura. Es un accidente en el misterio, y con el misterio. Debe ser un taxi encendido donde me masturbo y pienso en Dios, sueño a Dios, soy Dios. Cuando la poesía sea eso, cuando vea todas las visiones, toda la maldad, todo el amor, todo el escándalo, todos los sueños, todas la mujeres, entonces y sólo entonces, estaremos políticamente en el juego y contra el juego. Entonces la poesía será el “golpe de estado” y el hombre que viola el “toque de queda”. La poesía siendo el peligro nos libra del peligro de ser ella. Siendo la esquizofrenia nos permitirá ser todos los personajes (todo el suicidio y toda la dicha). La poesía, casi como un médium, abrirá todas la palabras (las nuevas y las muertas) y se mostrará a sí misma en esos sonidos, en ese solfeo del espaciotiempo y del serestar y será como un viaje planetario debajo y encima de los besos. Un viaje planetario en todos los orgasmos suspendidos y en todos los orgasmos realizados. Y la palabra vibrará el corazón y el corazón vibrará en las palabras. Y nadie sabrá el nombre de ella y nadie sabrá tampoco el nombre secreto de nosotros y nos llamarán poeta. Nos dirán poetas de la lepra. Poetas que levitan en la dicha. Poetas de Dios en el espanto. Poetas de Dios contra la nada. Poetas qu’escupen contra la fama y el prestigio. Pero muchos no vendrán, ni llegarán, ni cortarán la lengua delante de los niños. Ni cortarán los pezones delante de las madres. Ni cortarán los clítoris delante de las monjas. Y cuando el cielo se incendie, cuando se incendie el corazón y se incendien las palabras (los ricos los burgueses, los felices, los idiotas, los canallas—los legisladores, los representantes, los pitiyanquis—) nos maldecirán como si hubieran aprendido nuestros nombres contra el cielo. El ángel se llamará Yván, y el caballo se llamará Yván, la muerte se llamará Yván y hasta Dios mismo, enamorado, se llamará Silenus. El poeta es el hombre que seduce lo sacro y entra aliciamente a los espejos. El poeta es el fantasma que deambula azulmente la verdad y la nombra, así, debajo del paraguas y del sombrero como si fuera un secreto. El poeta nombra la verdad como si fuera un delito. La nombra como un crimen de Dios entre los hombres. Sólo entonces cuando la poesía sea mejor que una pistola 38, y sea mejor que un tabaco de marihuna, sólo entonces la poesía será el orgasmo de Dios. Ese día de hoy (30 de diciembre de todos los años) los poetas estaremos a la puerta. Sólo, entonces, la poesía será la gran política. La revolución que ha retornado en el asombro.
Un abrazo,